Dime, espejito mágico, dime la verdad…

¡Cuántas veces he deseado tener un espejo mágico delante de mí para para preguntarle por la verdad!

¡Cuántas veces he sentido la necesidad de que la magia viniese para poner orden en un maremágnum de pensamientos!

¡Cuántas veces he creído no ser capaz de hacerlo por mí misma!

Y cuántas otras veces sentiré la misma necesidad.

Dime, espejito mágico, dime la verdad… ¿Qué le pido a tu magia?
Es algo sencillo, que te diga la verdad, pero no una verdad cualquiera… la tuya, la que quieres oír y la que te crees estar preparada para asumir. La que te sane, la que te aparte de tus conflictos y te haga saltar por encima de tus pensamientos con agilidad, alejada del esfuerzo agotador que te ha supuesto cada vez que has tratado de hacerlo por ti misma.
Entonces… ¿Qué es lo que busco en ella?
Que sea lo que tú crees que debe ser: mágica. Que sepa de ti sin necesidad de que tú le cuentes nada y que te permita no sentirte débil al enfrentar tus objetivos.
Entonces, espejito, dime la verdad: ¿cuántas veces más te necesitaré?
Tantas como el tiempo que tardes en descubrir que no necesitas mi magia para vivir.

Esta semana he tenido la oportunidad de vivir una experiencia que me ha parecido muy interesante. El objetivo era el siguiente: conseguir  10 personas de mi entorno que me mostrasen 3 aspectos positivos sobre mí y otros 3 de mejora con sus respectivos ejemplos.

Puede parecer una labor muy simple a primera vista puesto que todos tenemos nuestras opiniones sobre quienes nos rodean, pero a esto había que sumarle un plus importante: debían hacerlo por escrito.

Ha sido muy curioso, y a la vez divertido, ver las reacciones de la gente… hubo personas que, de primeras, me soltaron un “la madre que te parió”, también los que fueron más sutiles y lo dejaron en un “uf, qué difícil…” o incluso alguno que me dijo: “¡genial!, gracias por darme la oportunidad de ponerte a parir”.

Gracias a este ejercicio he podido ver algunas cosas en cuanto a la imagen que otros tienen de mí y me ha resultado enormemente enriquecedor no solo por lo que me han escrito, sino por lo que he conseguido ver y que va más allá de escribir sobre lo positivo y lo negativo de alguien.

Me gustaría plantearte algo: si tuvieses la oportunidad… ¿a quién se lo pedirías?

En mi caso, las personas que se me vinieron a la cabeza al principio eran todas del grupito de las que sabes que no te van a hacer sangre, que van a ponerte “peguitas”, pero que seguro que no se pasan mucho. Eso me daba seguridad, pero al mismo tiempo, hacía que sonase una campanita interior de las que se activan cuando detectan miedo. Así que aproveché para saber hasta dónde me guiaba el sonido de esa campana y no fue otro lugar que el de plantearme si me sentía preparada para buscar algo más de “verdad”, aunque eso supusiese el peligro de mancharme los pies de barro.

Estuve un par de días dándole vueltas a cómo y a quiénes dirigir mi solicitud y al final me decidí, me puse las katiuskas y pisé el charco.

Me gustó ver que, al exponer el ejercicio, hubo personas que me dijeron que les parecía algo interesante, que les gustaría hacerlo ellos también, pero que no sabían si les resultaría sencillo de plantear a su entorno por miedo a las respuestas que pudiesen recibir.

Para mí, y a día de hoy, ha resultado una oportunidad para descubrir partes de mí y sacarle punta a otras que quizás ya estaban algo desgastadas, pero también sé que un tiempo atrás, hubiese renunciado a planteárselo a cualquiera que no me mostrase la mágica verdad del espejo, aquella que quiero oír y para la que creo estar preparada.

Estoy agradecida de sentirme capaz de avanzar dispuesta a aprender del miedo, de sentarme frente al espejo, dejar la magia a un lado y abrirme a descubrir lo que él tiene para mostrarme cuando yo estoy dispuesta a recibirlo.

Gracias a esa posición ante el espejo he conseguido ver la diferencia entre quien ahora creo ser y esa versión de mí misma que, hace no mucho tiempo, hubiese rechazado la oportunidad de conocer su propia opinión y la de su entorno. Aquí tienes una pequeña muestra de mi humilde descubrimiento:

Soy mucho más que lo que pienso, lo que siento, lo que digo o lo que hago. Los recursos que utilizo en cada momento no son nada más que las herramientas que creo tener a mi alcance para crear en relación a lo que creo. No son buenas o malas, solo son las que son, y de la misma  manera que llegaron, se pueden ir. De mí va a depender el aferrarme a ellas como quien se agarra a un clavo ardiendo, seré yo quien sentirá el dolor en las capas de piel que se lleguen a quemar y también quien decida soltarlo, pero solo cuando esté preparada y sienta que ha llegado el momento.

Me miro en el espejo sabiendo que el miedo que siento a que me muestre todo lo que hay, nada tiene que ver conmigo, sino con lo que pienso sobre mí. Cuando identifico esto, el miedo se echa a un lado y me permite verme con la claridad y la ilusión de un niño que descubre un campo de aventuras. Es entonces cuando me atuso el pelo, me pongo las katiuskas y me dispongo a adentrarme en él siendo consciente de que muchas veces me caeré y me haré heridas, pero dispuesta a curarlas todas y a continuar el camino.

Al decidir verme más allá de mis pensamientos, también descubro que la necesidad de enjuiciar y dictar sentencia está anclada a ellos, y no a mí. Durante muchos, muchísimos años de mi vida he sido juez de conductas propias y ajenas y por ello he condenado a las personas en lugar de a sus actitudes. Aprender a separarlo no fue algo sencillo para mí. Entendía que si no sentenciaba a la persona, no le estaba poniendo límite a su actitud por mucho que ésta me molestase. Pensaba que cada persona era como un pack que se podía etiquetar con un “lo que haces, es lo que eres”. Y así funcionaba yo, enfadándome con el mundo por pensar que estaba lleno de asesinos a sueldo deseando atentar contra mi bienestar.

A dos de esos asesinos que durante mucho tiempo sentencié a una muerte metafórica, les pedí que escribiesen sobre mí, y me resultó curioso que ambos hiciesen referencia al perdón como uno de los aspectos positivos que encontraron, ya que durante mucho tiempo me creí incapaz de perdonarles. Fue un periodo duro y dañino no solo para mí, sino también para ellos, que tuvieron la mala suerte de convivir conmigo bajo la ejecución de la sentencia que yo les había impuesto.

Ahora me pregunto cuántas veces me habré perdido a las personas por entender que lo que hacen es lo que son  y cuántas puertas se me habrán cerrado a mí por la forma en la que otros hayan interpretado lo que yo haya podido hacer, y al final entiendo que tanto unas como otras no fueron más que la necesidad que todos tenemos de preguntarnos quiénes somos, pero deseando que la respuesta sea lo suficientemente mágica como para que no nos duela ver.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Begoña dice:

    Qué bien me hace tu lectura! Gracias por ayudarme a trabajar esa costumbre, a veces impulsiva, de criticar y etiquetar a las personas. …es tan feo y malo!!!!
    Hay que aprender tanto!
    Yo he sufrido mucho porque he tenido modelos muy cercanos que me han enseñado muchas conductas malas(para mi) y siempre me producían malestar! Pero gracias a Dios! Me preocupè por buscar y buscar y lo estoy encontrando! Estoy en el camino de ” la verdad”, y encontrando a personas con ” buen hacer y sentir” que me están acompañando en mi aprendizaje y paso por ésta vida!
    Agradezco sinceramente a este blogs la posibilidad de leer y escribir y hacer éste parón …….
    Gracias

    Me gusta

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