Bendita duda

“El primer pensamiento es inevitable. El segundo es opcional.”

Asumir lo que acabas de leer puede llegar a joder mucho. Puede resultar más cómodo creerse que no es verdad, que lo que piensas no lo puedes evitar, y así tratar de ahorrarte el castigo que parece ir de la mano de la responsabilidad, pero no es verdad. Si a esa idea de “no puedo evitarlo” le sumamos lo descargados que nos sentimos cuando algo o alguien de fuera carga con la etiqueta de “responsable”, ya tenemos montado el tándem perfecto para sentirnos víctimas: nosotros creyendo que no podemos y un arsenal bien cargadito de motivos para creerlo.

Sin embargo, esta forma de vernos creyendo que no somos responsables de lo que pensamos es tan solo una posibilidad de hacerlo y el único motivo que nos lleva a creer en ella por encima de cualquier otra es que es la nuestra y, por lo tanto, la que creemos verdadera.

Al marinero que brega en aguas revueltas poco le importa saber de la calma que se aloja en la profundidad.

Siempre me ha gustado la metáfora que acabas de leer. Durante muchos años fui marinero sucumbiendo a la marea. Me sentí a merced de unos y de otras, de seres y de historias. Me creí carente de la capacidad de actuar y retomar rumbo hacia aguas claras, sentía que todo me atacaba, que cada día tenía la capacidad de pegarme con palos duros, de maza. Y me sentía yacida por el cansancio de remar a contracorriente, de buscar flotar. Necesitaba descansar y era incapaz de intuir que lo que más me impedía avanzar por mi propio camino era el peso de mis propias armas de guerra, pero… ¿cómo despojarte de aquello que crees necesitar?  ¿acaso soltar las armas es la mejor estrategia para ganar?

¿Para ganar qué?…

¿Y contra quién?…

La metáfora del marinero refleja la perfecta dualidad que portamos: lo que Somos y lo que pensamos. De lo que pensamos surge el cansancio de remar y remar sin apenas menearnos de donde estamos. De lo que Somos nace la serenidad, la calma y el sosiego necesarios para avanzar en lo que nos propongamos.

El Ser Humano ha creído que la suya es una forma de lucha, pero prefiere tildarlo como forma de Vida, que parece que suena mejor. No hemos venido a luchar contra nadie, hemos venido a Vivir. La lucha es tan solo una elección, tomemos conciencia de ello. Es verdad que es la nuestra y por ese motivo parece ser la buena, la verdad verdadera, la verdad suprema, el Todo. Pero siento decirte que no, no lo es. Es tan solo una opción entre infinitas.

Según escribo este post, me doy cuenta de cuánto me hubiese indignado leer algo así hace unos años. Me veo argumentando, molestándome semejante atrocidad, ¿qué clase de loco se atrevería a insinuar que yo elijo lo que pienso? Ah, claro… quien no ha vivido mi dolor, quien se va de rositas y no ha pasado por toda mi mierda… ¡No te jode!

Entonces me viene a la cabeza mi amiga Maite, la mamá de Lucía – fallecida a los 12 años después de luchar durante seis contra un cáncer cerebral – y viene también Verónica, viuda siendo mucho más joven que yo y con un principín de un año, y se le añaden María, Karol, Marga, Pablo Ráez, Irene Villa, Antonio Rendom… y vienen a mi cabeza sus palabras, sus sonrisas, sus grandes Ejemplos de Vida… y me quedo sin argumentación.

Conozco a muchas personas que se pasan el día con el conflicto a cuestas, que creen que la Vida tiene un plan: atacarles. Piensan que no para de ponerles trabas, y ellos se quejan, se re-quejan y se vuelven a quejar de todo lo que sucede. Su semblante dista de uno que albergue Paz y, cuando les preguntas ¿qué tal?, te sueltan un “pues aquí, aguantando”. Y ¡ale!, ¡venga! ¡Vuelta a la carga con su arsenal llenito de motivos para quejarse de lo que les rodea!, y te los cuentan, y oooooootra vez se quejan sin dejar de enfocarse en lo de fuera. Dándole a otros y a sus circunstancias la capacidad de gobernar su propia Vida.

Vivir así duele hasta el infinito. Cuando lo haces, le das la bienvenida al sufrimiento, es más… le das la razón, tu razón. Lo entiendes, lo justificas, y lo añades a tu forma de Vida como algo inevitable. Parece que es una consecuencia de esas que no se pueden separar: Igual que al pinchar un globo éste explota, tu intento de ser feliz… se desvanece. Crees que lo de fuera es más grande que tú, que te puede.

Si conoces a alguien que esté en un momento así, o si tú mismo lo estás, intenta hacer algo: Ponlo en duda. Tómate como único responsable de lo que piensas y escucha lo que te cuentas o lo que otros te puedan contar si se lo planteas a alguien… “Es que no es tan fácil”, “tú no sabes lo que yo he pasado”, “lo he intentado muchas veces y me han caído palos”, “eso es imposible”, o incluso algún “¿para qué?”.

Ponerte en duda parece condicionado a ganar algo. Si ponerme en duda me hace dejar de sufrir, entonces me lo planteo. Si no… no. Y aquí se abren de nuevo las puertas de tu ¿libre? albedrío interpretativo: la -tu- evaluación de los -tus– pros y de los –tus– contras al hacerlo o no hacerlo, las -tus– elucubraciones, y los –tus- ¿para qué?

Y a mí esto, este batiburrillo de opciones para entenderlo, de por sí, ya me parece genial, perfecto. Porque cuando aparece, ¡¡¡tienes la Oportunidad de Verlo!!!, de descubrir lo que quiere mostrarte de ti el miedo que le tienes a dejar de pensar como piensas y a sentir como sientes. ¿Qué más se puede pedir?, ¿de verdad crees que necesitas a alguien o a algo para Verlo, para Verte a ti?, ¿en qué te amparas para decirte que No puedes? Puede que para contestar a eso necesites volver a leer el párrafo en el que te cuentas que no es tan fácil, que no sé lo que has pasado, o que pretendas hablarme de los palos que te has llevado. ¿Eres tú también de los que lo ven imposible? Si es así, permíteme que te cuente el significado que le encuentro yo a la pregunta con la que acababa el arsenal de motivos para decir No a algo tan gratificante como ponerte en duda. Esa que te pregunta ¿Para qué?

La primera vez que conseguí ponerme en duda no fue algo buscado. Simplemente sucedió.

 Siempre había tenido muy claro que existían muchísimas más opiniones que la mía, e incluso hacía alarde de respetarlas. Sin embargo, cuando aparecía en escena un motivo que me hacía reaccionar de una determinada manera, tenía una facilidad asombrosa para armarme enseguida con mi arsenal de motivos súper razonados y creerme que mi reacción era “la que tenía que ser” y que plantearme otra no tenía ningún sentido.

Eso mismo me ocurrió cuando me diagnosticaron el aneurisma cerebral. Después de oír al médico, me cagué. Había escuchado lo que tenía, la gravedad que suponía la intervención y el alto riesgo de morirme, así que, lógicamente, lo siguiente era cagarse. Y así lo hice, me colapsé, me quedé en shock durante toda la noche. Y a la mañana siguiente, de repente, sucedió…

Me di cuenta de que era yo quien generaba el shock. Era mi forma de relacionarme con el diagnóstico que me dieron lo que generaba el caos en mí. El aneurisma, por muy feo o muy grave que fuese no tenía la capacidad de hacerlo. De hecho, lo tenía en mi cabeza mucho antes de saber que lo tenía. De ahí su incapacidad para hacerme sentir como en ese momento me sentía. En ese instante, de una forma natural, dejé de preocuparme y comencé a ocuparme de todo cuanto podía hacer para ponerle solución. Pasé miedo, mucho, y lo viví desde el profundo Agradecimiento a que me lo encontraran. Lloré cuanto supe, me dolió, pero no llegué a sufrirlo y fue por algo muy simple: me hice responsable de mi forma de pensar.

Esa fue mi forma de darme cuenta de que por muy lógico o infinitamente cierto que parezca que me toca pensar o sentir de determinada manera, la forma en la que lo hago no es la verdadera, es tan solo una opción entre miles de ellas. 

Date la Oportunidad de DesAprender. Ponte en duda. Y permítete Descubrir que lo que Ves de ti  no es lo único que puedes Ver.

 

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. maribel morales dice:

    Estamos en ello
    A veces no es tan fácil. Gracias Gemita

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  2. jjlozoyapro@yahoo.es dice:

    Yo soy de los que aplica si a lo que venga como un capítulo maravilloso de un libro que es la vida

    Como un corcho con la mochila ligera las tormentas no llegan a hundirte he venido a vivir porque la ida de este mundo no se cuando será y quiero y hago que mi corazón este preparado para recibir la permanencia o el viaje gracias un abrazo

    Enviado desde mi HTC

    Me gusta

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