La felicidad perfecta

La felicidad perfecta

Buscamos aquello que creemos no tener. Y con la felicidad nos pasa eso. Creemos que no la tenemos.

Cuanto más la deseemos, más la buscamos y más caminos emprendemos ilusionados pensando en encontrarla.

La felicidad es una de esas cosas/estados que nadie atina a definir bajo un único criterio y que todos queremos experimentar aunque no sepamos exactamente de qué se trata. Es como un ideal. “Tú sé feliz y ya verás lo bien que te encuentras.”

Los humanos tenemos nuestras cositas -humanas también-, nos gusta saber, controlar, entender, comprender, analizar… y en nuestra forma de razonar hacemos encaje de bolillos para intentar racionalizar algo tan heterogéneo y ambiguo como la felicidad. Intentamos que la felicidad quepa en algo tan, tan pequeño como nuestras limitadas entendederas. Flaco favor nos hacemos intentándolo. Las cosas grandes no caben en espacios pequeños.

La felicidad es grande. Tan grande como nosotros. Pero no como nosotros, sino más. Nosotros la recortamos para encajarla en un ideal. El nuestro. Cada vez que pensamos en la felicidad la recortamos. Con cada palabra la recortamos. Con cada intento de alcanzarla la recortamos. Con cada “no puedo” la recortamos. Y al ver la forma de los recortes que hemos hecho nos planteamos que, para la mierda que nos ha quedado, no merece la pena ni intentarlo.

Todo el mundo quiere ser feliz pero no conozco a mucha gente dispuesta a mirar a la felicidad a la cara. Saben que hacerlo es situarse ante un espejo que nos muestra enteros, completos. Nuestras imperfecciones. Todos y cada uno de nuestros defectos. Nuestras heridas. Nuestros propios desencuentros.

No resulta sencillo colocarse delante del espejo, pero no porque sea difícil hacerlo -que no lo es- sino porque el mero hecho de intentarlo nos da miedo. Un miedo generado al ver el látigo que hemos dejado justo al lado, bien cerquita, a mano para cuando tengamos que sacarlo y azotarnos por todos nuestros errores y fracasos.

El ser humano ve una herida y la culpabiliza. Si no es por dejársela hacer es por haber sido tan tonto como para hacérsela aun sabiendo que llegaría, si no, porque no se la hizo en el momento que debería haberlo hecho para aprender cómo no repetirla. Siempre encontramos razones para la culpa. Hacia nosotros o hacia los demás. Y al llenar nuestras manos de juicios y culpas nos quedamos sin capacidad de coger cicatrizantes con los que curar heridas.

Hace un tiempo yo definía la felicidad como un estado de inconsciencia. “Cuando todo se me olvida, puedo ser feliz”. Según lo escribo aquí, siento pena. Lo pensaba totalmente convencida de mi incapacidad para ser feliz. Si lo de fuera no estaba bien, lo de dentro se correspondía. Y tenía tantos focos para fijar mi atención en lo que no, que me resultaba realmente complicado hacerle hueco al sí.

Así resulta complicado ser feliz. Siempre hay cosas que no funcionan como a uno le gustaría. A todos nos encantaría cambiar algunos aspectos de lo que vemos de la Vida. ¿No es curioso? Queremos cambiar la Vida y somos capaces de cejarnos tanto en el empeño como para olvidarnos de Vivirla.

Ahora creo que nada de eso es necesario. No necesito que cambie nada. Sigo viendo cosas que no me gustan, que me gustaría que cambiasen, pero he descubierto que la felicidad no depende de lo que acontece. La felicidad no depende de nada. De absolutamente nada. La felicidad está en mí. No tengo que buscarla.

Puede que mi forma de darme cuenta de lo que acabas de leer no fuese la ideal, pero sí fue la perfecta. Porque la perfección no tiene que ver con lo que nos gustaría que nos sucediera, sino con lo que sucede de verdad. Ojo con esto, “lo que sucede de verdad” es lo que sucede de verdad, no lo poquito que somos capaces de entender sobre lo que está sucediendo. En este matiz que puede parecerte entendible y razonable a la vez que pequeño, reside uno de los mayores secretos.

Si hace unos años me hubiesen dicho: “Oye, Gema, mira, que lo hemos estado pensando y hemos decidido que vas a conseguir sentirte feliz aunque no te acompañen las circunstancias”, me hubiese encantado la idea, yo creo que hubiese soltando un “¡por fin!, anda que no habéis tardado…” y me hubiese puesto a detallar cómo querría que llegase a mí la felicidad. Por supuesto no se me hubiese pasado por la cabeza (ni remotamente) que la forma de Aprender a ser feliz más allá de las circunstancias viniese como regalo de un aneurisma cerebral complicado, pero así fue mi realidad. Perfecta.

Con este tipo de ejemplos me doy cuenta de cuánto nos condicionamos, de nuestra forma de supeditar nuestra felicidad a la perfección de las circunstancias. Pasamos a depender de lo que no controlamos y llegamos a dejarnos la Vida en ello porque buscamos fuera lo que alojamos dentro. No nos damos permiso para Escucharnos, para sentirnos, para querernos, para latirnos, para Vivirnos, porque creemos depender de “algo” de fuera de nosotros mismos. No seamos tan duros como para no sentirnos capaces de despojarnos de lo que nos esconde, de lo que nos hace sentirnos pequeños. O ínfimos…

La felicidad no espera. No puedes ser feliz mañana. La única oportunidad que tienes es esta. ¿no es maravilloso?

A mí, hace un tiempo, plantearme algo así me resultada angustioso. “Ya mañana, cuando todo cambie…”

Hace unos años me parecía que lo que acabas de leer solo lo escribían los fumaos. Cuatro happy flowers que no entendían nada, que pasaban de todo, que no se daban cuenta de las desgracias, de lo mal que iba la Vida. Hoy lo escribo yo y lo hago con una gran sonrisa que Acepta todas y cada una de mis circunstancias. Aceptando la Vida me abrí a Vivirla, a Experimentarla, a Amarla.

La Vida me enseñó que el Amor de verdad no pone condiciones, simplemente Ama.

Hacerlo condicionalmente no es Amar, es buscar requisitos que cumplir para que quiera y la Vida así se queda pequeña. Tanto como para creerme incapaz de sentirme feliz en ella.

La felicidad es perfectamente imperfecta. No es definible, pero sí experimentable. No se puede acotar. Se puede latir. No busca por qué. No se pregunta cómo. La felicidad guía. Templa.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. canallathor dice:

    Me sentí muy identificado con tu texto, Gema…contra más la persigues mejor se esconde, lo maravilloso es que cuando dejas de buscarla, allí está ellas con su hermosa sonrisa…
    Mucha fuerza 🌼

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  2. J. Rolf dice:

    Buen post. Quizás te interese alguna entrada de mi bog.
    Un saludo

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