Juan Carlos

 

Juan Carlos

Cierro los ojos…

Acaba de confirmarme el diagnóstico. Fijamos la fecha para operarme. Hablamos de riesgos. De medidas cautelares. De tratamientos.

Los abro.

Vuelvo a cerrarlos…

Está a mi lado. No lleva corbata. Ahora viste pijama y bata. Me mira, y por la forma en la que entrecierra los ojos intuyo que sonríe tras la mascarilla. Estoy en el quirófano. Me resulta un sitio hostil. Hace frío. Me pinchan. Tengo miedo. Mucho. Conozco los riesgos a los que me enfrento. Me gusta sentirle cerquita.

De repente, necesito decirle algo: “Recuerda lo que hemos hablado”. Su contestación: “lo recuerdo, estate tranquila”. Y sus palabras caen sobre mis miedos como la mejor de las medicinas.

Abro los ojos.

Los cierro de nuevo…

Estoy en la UCI. Acabo de darme cuenta de que todo ha pasado. Al menos lo más gordo. Me invade la emoción. Me rodean máquinas y cables. Mi boca sabe a medicina. Escucho pitidos que se mezclan con el sonido de los zuecos acercándose a mi box. Varias personas llegan. Saben que me he despertado. Parecen amables. Sonríen. Confío en ellos. Mientras me cuidan con mimo comienza la ronda de preguntas. Necesito saber… Me cuentan lo básico. Estoy bien. “Enseguida vendrá tu médico y te contará los detalles”. Más sonrisas. Desaparecen. Vuelvo a estar sola.  Aparece él. Me inundan las ganas de abrazarle. Me cuenta el proceso, los cambios, el abordaje. Se le transparenta el Alma. Está contento. Ama lo que hace. Me parece un Ángel plegando sus alas bajo la bata blanca. Me siento Viva.

Vuelvo a abrir los ojos.

 …Respiro agradecida…

Y vuelvo a bucearMe cerrando mis ventanas azules. Cojo aire…

Estoy esperando para entrar a su consulta. Acabo de sentarme en la sala de espera. Un pañuelo anudado sobre mi cabeza cubre la herida. Hoy me quitará los puntos. La sala está llena de gente. Me pregunto qué estarán sintiendo. Puede que hoy sea el día en el que conozcan su diagnóstico. O quizá vengan a revisión tras haber superado la prueba de fuego. Parecemos distintos, pero me siento cerquita de todos y cada uno de ellos. Formamos parte de lo mismo. Somos Vida. Con nuestras dudas. Con nuestro corazón. Con nuestros miedos.

Por fin me toca pasar. Estoy nerviosa e ilusionada. Ambas cosas. Me da miedo el dolor y me encanta la idea de verle de nuevo. Se me instala una sonrisa en la cara. Abro la puerta y vuelve a regalarme esa mirada serena y tranquila. “¡Hola, Gema!, ¡qué bien te veo!”. “¡Gracias!, como para no estarlo después de lo que habéis hecho…” Baja la mirada. Se ruboriza siempre que le doy las Gracias. Y a mí me parece tan Mágico que lo haga…


La Vida te pone Ángeles delante. Las personas como Juan Carlos tienen la capacidad de invitarte a mirar lo que sientes desde una perspectiva distinta. Te ofrecen calma cuando el miedo te embriaga dejándote borracho de dudas, de incertidumbre y de penumbra. Son como las luces de un faro. No buscan que navegues de una forma distinta. Simplemente señalizan una ruta en la que el Amor convierte a la Aceptación en el Capitán de tu barco. Un Capitán Optimista.

Pensar en Juan Carlos hace que cada poro de mi piel exhale la palabra GRACIAS. Pero no un GRACIAS cualquiera. Es un GRACIAS que nace del corazón, escrito en mayúsculas y aderezado con chiribitas. Es un GRACIAS por trabajar dejando que se le transparente el Alma. Por permitirme acercarme a la suya mientras des-Cubría la mía. Por emplearse a fondo. Por su empatía. Por cada sonrisa. Por contarme de forma serena los riesgos a los que me exponía. Por solventar mis dudas. Por haber decidido estudiar Medicina y especializarse en Neurocirugía. Por hacerlo tan bien. Por acompañarme. Por cada caricia. Por permitirme llorar sin reparos. Por saber sujetar mis miedos. Por su franqueza. Por su honestidad. Por su entrega. Por crear atmósfera y tiempo de Encuentro cada vez que abro su puerta. Por permitirme acercarme a él como persona y no solo como Médico. Por semillar en mí la esperanza… Por alargarme la Vida.

Juan Carlos también es jardinero, cultiva la HUMANIDAD. Y se le da de perlas. Me encanta escuchar a la gente del hospital hablar sobre él. Se me ensancha el pecho. Todo el mundo valora su entrega y esa forma tan linda que tiene de sostener las situaciones difíciles que le pone delante la Vida.

El día que fui a quitarme los puntos, le pregunté qué sentía siendo un Ángel capaz de alargar la Vida. Se le quitó la sonrisa de la cara, y con una halo de tristeza sincera me contestó que, a veces, las cosas no salen como a él le gustaría. Y es verdad. Por mucha entrega que le pongas a la labor que desempeñas, nadie te asegura que el resultado vaya a ser el que esperas. Aún así, me parece importante reseñar algo… El Agradecimiento no nace del resultado que se obtenga -aunque, obviamente, si es el buscado, lo incrementa- El Agradecimiento surge cuando sabes que la persona que tienes delante va a emplearse a fondo para sanarte, y eso es mucho más que salvarte la Vida.

Para muestra, un botón.

En marzo de este año tuve la linda oportunidad de agradecer públicamente a Juan Carlos y a todo el maravilloso Personal del Hospital de San Rafael lo mucho que me ayudaron a salir fortalecida de una situación complicada para mí. Compartí con ellos un ratito de Encuentro en el que “Trabajar Alma al Público” sirvió como titular. Porque eso es lo que ellos me enseñaron, que el Alma también se puede poner al servicio de los demás. Allí hablamos sobre Humanidad, miedos, debilidades y fortalezas dormidas que pueden despertar y permitirte entender de una forma distinta tu propia Vida.

Mientras preparaba la charla me di cuenta de que podía parecer que mi Agradecimiento surgía por haber salido victoriosa de la operación. Estar Viva y sin secuelas podía parecer necesario para sentir lo que sentía, pero no era eso. Mis Gracias no nacían del resultado, lo hacían del proceso.

Por esta razón, decidí hablar con Maite, una amiga que conocí a través de Begoña, la Logopeda del Hospital y gran amiga también. Maite conocía bien tanto a Juan Carlos como al resto del Personal. Caminando por los pasillos del San Rafael pasó muchos ratos junto a su hija Lucía, una princesa a la que le salieron alas y voló surcando el cielo.

Begoña me presentó a Maite poco tiempo después de fallecer Lucía. Nuestra Bego nos decía a las dos que teníamos que conocernos. Tenía razón. En cuanto nos vimos nos sentimos como si nos conociésemos de toda la Vida. Y hablamos de él, de nuestro Juan Carlos, y no solo como gran Neurocirujano (que también) sino de lo mucho que nos había aportado para afrontar nuestras circunstancias desde la serenidad y la calma. Hablamos de su equipo y de lo que nos llevamos de cada una de las personas del Hospital que nos ayudaron en nuestros caminos. Fue realmente genial. Juntas navegamos las aguas templadas del Agradecimiento sincero a todas esas Almas que decidieron, en algún momento de su Vida, cultivar la sonrisa en los demás.

Como decía, pensé en Maite para que la gente que acudiese a ese Encuentro pudiese palpar la profundidad desde la que el Alma pronuncia la palabra Gracias. Y ella, muy en su línea habitual, se saltó los miedos y las vergüenzas grabando un vídeo sincero en el que Agradecía la Humanidad que tanto su familia como la propia Lucía recibieron del Personal del Hospital.

Nadie esperaba aquel vídeo. A mí me costaba mirar a la cara de las personas que tenía delante sin emocionarme. Juan Carlos miraba al suelo y yo pensaba, de nuevo, qué es lo que estaría sintiendo aquel Ángel. Quería dejarles claro que el Agradecimiento más sincero no nace del resultado, sino del proceso.

Aquella charlita terminó y comenzó el ratito en el que las personas a las que les apetece plantean preguntas o reflexionan en alto. Una de las personas que lo hizo fue una amiga. Se avecinaba una nueva sorpresa pero, en esta ocasión, tampoco yo la conocía. Le titubeaba la voz, se la notaba emocionada. También necesitaba dar las Gracias.

Ella estaba allí porque le apetecía compartir ese momento tan especial para mí. Sabía a groso modo de lo que iba a hablar, conoce mi forma de enfocar la Vida. Lo que no sabía era quién estaría allí presentando la charla. Al principio le sonó la cara de Juan Carlos, pero no le ubicó hasta que él cogió el micro y habló. A partir de ese momento, de recordar el instante en el que la Vida les unió, aquella charla adquirió para ella un sabor distinto, y tuvo el bonito detalle de coger el micro para compartir con todos nosotros el motivo de su sincero Agradecimiento.

Habló de su abuela. De un derrame cerebral que cerca estuvo de costarle la Vida, y de cómo el hombre al que hoy se dirigen las palabras de este post hizo cuanto pudo para sanarla. Y lo consiguió.

La cara de Juan Carlos era un poema. A ratines bajaba la cabeza ante el rubor del Agradecimiento. Me impresionó que recordase el caso del que le hablaba mi amiga. Hacía diez años de aquello. Allí volví a ser consciente de que, cada persona que pasa por nuestra Vida, lo hace dejando una semilla.

Lo que acabas de leer es fruto de eso, de una semilla que él plantó para darle cabida a la Esperanza, a la valentía y a la ilusión como forma de afrontar la Vida.


Mi queridísimo Juan Carlos, por favor, no dejes nunca de cultivar tus lindas semillas.

Con todo mi cariño, respeto y admiración,

Gema

 

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Juan Manuel Vadillo dice:

    Juan Carlos Calvo y Antonio Bendala… Tanto monta-monta tanto… No imagino al uno sin el otro!!. 🔝🔝

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  2. Gracias Gema, una vez más, por tu testimonio. Si el Dr. Calvo te cambió la vida, tú, con tu agradecimiento, también lo haces, porque “El ser agradecido te puede cambiar desde un día hasta una vida completa. Solo necesitas decir las palabras.”
    Margaret Cousins

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  3. jjlozoyapro@yahoo.es dice:

    Gracias por agradecer yo te agradezco tu sensibilidad un abrazo

    Enviado desde mi HTC

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