El Segundo Acuerdo

“No te tomes nada personalmente”

Este Acuerdo tiene mucha, pero que mucha miga. Multitud de  veces he sentido que lo que otros hacían o decían tenía más fuerza en mi vida que lo que hacía, decía, pensaba o sentía yo. He dejado de hacer cosas porque no veía la aceptación de mi entorno o porque me he puesto a imaginarme el daño que me iba a hacer no conseguir mi propósito o incluso por algo peor aún… imaginarme lo que los demás podrían llegar a pensar si no alcanzaba mi objetivo. Así que he sido una gran seguidora de tomarme todo personalmente.

Leyendo este Segundo Acuerdo, me he parado a analizar, con la templanza que da el tiempo, esos momentos en los que, por las actitudes que he creído ver en los demás, he modificado mi conducta. Cuando recuerdo los casos más importantes en los que he dejado de hacer por ese temido “¿qué dirán?”, tengo la tentación de preguntarme qué hubiese sido de mí si no lo hubiese hecho como lo hice, pero se me pasa en cuanto caigo en la cuenta de que mi presente es fruto de mi pasado.

Mientras escribo esto, soy consciente de la intensidad con la que vivía como una realidad mi creencia en que yo no era capaz de modificar mi forma de ser, que ese enfado hacia lo que me rodeaba era una parte más de mi vida y que lo único que podía hacer era aceptar a Dña. Resignación como compañera de viaje. Si me llegan a contar en ese momento lo que veo hoy en la vida, no les hubiese creído, me hubiese quedado tan a gustazo soltando un “tú es que lo ves muy fácil, pero es que… lo mío es distinto”.

He pasado muchísimos años responsabilizando a otros de todos mis males, ahora me resulta hasta gracioso ver cómo iba buscando (sin ser consciente de ello) algún culpable para no ver en mí la responsabilidad de protagonizar mi historia.

Cuando pienso en cuántas veces he cambiado mis planes por lo que otros pensasen, también me paro a analizar los cambios de conducta de los demás por lo que yo les he podido transmitir. Al pensar en ello, me descubro en ocasiones en las que me he propuesto intencionadamente modificar la conducta de otros y me da por pensar para qué lo he hecho. Es en ese punto en el que veo lados oscuros, me encuentro con miedos a perder personas o cosas, dependencias… en fin, identifico una parte de mí de la que no me siento orgullosa y me parece muy curioso que, en los momentos en los que esa parte de mí era la directora de orquesta de mi propia banda sonora, yo ni tan siquiera la veía; me limitaba a interpretar los acordes que me marcaba sin ni tan siquiera imaginar que pudiesen existir otras melodías.

En las páginas del libro leí un párrafo muy cortito que resume muy bien el capítulo:

“Los demás tienen sus propias opiniones según su sistema de creencias, de modo que nada de lo que piensen de mí estará realmente relacionado conmigo, sino con ellos”

La primera vez que leí esta frase me chocó un poco. Cuando yo interpretaba la vida de otros, me parecía que lo hacía desde la realidad, que los filtros por los que yo estaba pasando las conductas de los demás eran los correctos, y ahora me doy cuenta de que no dudaba de la eficacia de mis filtros porque no era consciente de que los tenía; estaban tan integrados en mis rutinas diarias que ni les sentía. Desde ese formato, cualquier cosa que otro pudiese opinar utilizando unos parámetros distintos a los míos quedaba fuera de mi entendimiento. Únicamente me dedicaba a criticar su conducta y punto. En esos momentos era totalmente incapaz de darme cuenta de que lo que hacía aquel a quien yo criticaba y lo que hacía yo era exactamente lo mismo: usar nuestros recursos y nuestros esquemas mentales para obtener una conclusión.

Cuando me tomaba las cosas personalmente, me enfadaba por lo que entendía como un ataque y me armaba hasta los dientes para defender mis propias creencias que, por supuesto, entendía que eran por las que merecía la pena luchar y en pro de la defensa de mi verdad, creaba un conflicto con aquel que no opinaba igual que yo. Le daba mucha más importancia a pelear por tener la razón que a estar en paz con mi entorno.

Entender que cuando entras en conflicto eres tú quien decide hacerse daño no me resultó muy fácil. Con el paso del tiempo comencé a ver que lo que los demás hacían solo me dolía si había alguna parte de mí que ya había sido herida y que aún estaba por cicatrizar. Era yo la responsable de curar eso que servía de entrada al dolor, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Ahora me parece curiosísimo verme en muchas de las cosas que he hecho en mi vida. Es alucinante ir descubriendo lo que me ha llevado a actuar de una determinada forma. Me río mucho cuando me identifico en rutinas que ahora veo incongruentes. Un ejemplo…

Si tan clarísimo tenía que el mundo era como era y que aquello que yo veía era la realidad… ¿por qué llegaba a cambiar mis planes por lo que otros pudiesen opinar?

La respuesta en aquel entonces no estaba disponible para mí porque ni tan siquiera me planteaba la pregunta, pero ahora que sí lo hago, veo en mí a alguien que se creía saber y, desde ese “conocimiento” cerraba las puertas a entender cualquier otro “por qué”.

En el post sobre el Primer Acuerdo os hablaba sobre cómo la forma de utilizar mis palabras me ayudó a darme cuenta de que estaba instalada en un formato de “agente justiciero de mi propia ley” y sobre cómo el modo de organizar mis pensamientos me había llevado a aceptarme con mis luces y mis sombras. En este Segundo Acuerdo extraigo como idea principal que cuando te acostumbras a no tomarte nada personalmente, no necesitas apoyar tu valía en lo que digan o hagan los demás; basta con que confíes en ti mismo para elegir con responsabilidad y entiendes que nunca eres responsable de los actos de los demás porque tú ya eres el único responsable de tu propia historia.

Os invito a que reflexionéis sobre este Segundo Acuerdo, estoy segura de que os mostrará partes de vosotros que os ayudarán a avanzar en ese bonito camino hacia vuestra propia vida.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. namibiartz dice:

    Bueno, pues como lo prometido es deuda … aquí estoy.
    Voy a comenzar diciendo que me encanta cómo escribes y cómo consigues transmitir tu energía positiva. Que no me haría falta conocerte para que me la transmitieras pero que ahora no sabría vivir sin conocerte y sin que formaras parte de mi vida.
    Que por supuesto tenemos distintos puntos de vista pero que al mismo tiempo llegamos a conclusiones similares. Creo que el principal motivo de que la mayoría de la gente cambie su forma de ser para “encajar” en el mundo viene dado por el principio educativo de la socialización, que nos marca desde que nacemos el cómo, cuándo y de qué forma hemos de hacer las cosas. En el momento en el que nos damos cuenta de que realmente somos títeres de esta sociedad buscamos una solución. Y eso está bien, pero también está bien (valga la redundancia) seguir siendo un títere, cada cual busca su sitio en este mundo a través del camino que más le guste.
    Dicho todo esto, y sin querer profundizar más, sólo me queda decirte que te quiero leer cada semana, que me tienes enganchada y por supuesto, que te echo de menos.
    Nos vemos pronto.
    xxx

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