Ha sido un placer

El mal tiempo dio inicio a nuestra conversación. El viento soplaba con mucha fuerza y era complicado buscar el dinero en la cartera y al mismo tiempo retirarme el pelo de la cara. Sentía mis manos congeladas. Los diez o quince minutos de coche hasta llegar a la gasolinera no habían sido suficientes para que la calefacción me hiciese entrar en calor. El cuerpo me tiritaba. Unas horas antes, al salir de casa, el tiempo parecía mucho más apacible, incluso me resultó buena idea dejar en el armario el abrigo y las botas de caña. El sol se intuía templado cuando le vi caer sobre los jazmines del patio. Esa noche ya habíamos dormido sin poner la calefacción, así que pensé que unas manoletinas eran la mejor opción para caminar el día… obviamente, me equivoqué.

La nuestra fue una conversación corta, no creo que llegase ni a los dos minutos de duración. Él sonrió todo el tiempo. Creo que lo hizo incluso mientras esperaba a que me retirase el pelo de la cara.

El momento resultaba, cuanto menos, curioso: cielo oscuro anunciando lluvia, un frío más cercano al pleno invierno que a un veintitantos del mes de marzo, un aire propio del inicio de cualquier tormenta que se precie, y una chavala temblorosa, con el pelo aún algo mojado, en mangas de camisa y con manoletinas… una imagen poco lógica para la forma climatológica que había adquirido el día. Mientras esperaba a que se llenase el depósito de gasolina, no paraba de tiritar y el sonriente hombre que lo llenaba me soltó un “es verdad que hasta el cuarenta de mayo no te debes quitar el sayo, ¿eeehhhh? ¡Joe, cuánta sabiduría en una sola frase! y vaya risas nos echamos. Aquel refrán abrió un momento de encuentro entre dos desconocidos unidos por unos cuantos litros de diesel y consiguió que me olvidase del frío. Creo que inlcuso me llegó a abrigar. Fue el inicio de una conversación corta, pero lo suficientemente gratificante como para grabarse en mi mente y tocar mi corazón.

No sé el nombre del hombre que me regaló aquel momento, me da coraje no haberme fijado en eso, creo que lo llevaba escrito en su chapa. Me gustaría ser capaz de recordar ese momento y asociarlo a su nombre, pero soy consciente de que, en el fondo, poco importa cómo se llame. No es el nombre de la persona lo que deja huella, sino lo que es capaz de regalar. No puedo nombrarle, pero puedo sentirle.

Me hubiese gustado tener algo suelto para darle cuando terminó de llenar el depósito, pero no fue así.

“Lo siento, no tengo nada suelto”.

“Tranquila, ha sido un placer”.

Así acabó la breve conversación que me hizo salir de aquella gasolinera con una sonrisa por bandera.

Al iniciar de nuevo la marcha, comencé a pensar en la suerte que tuve al coincidir con él, y eso me llevó a recordar a otras muchas personas que tienen la facultad de sonreír no solo con los labios, sino también con los ojos, que sonríen con el Alma.

El camino desde la gasolinera hasta casa no es muy largo, pero me dio tiempo a hacer un buen repaso de esos Seres que con su forma de Compartir momentos me tienen encandilada… Recordé a uno de ellos gracias a una frase que el día anterior me había dicho mi cuñada al salir de la tienda de Quique, el panadero del pueblo,: “ ¡qué majete es este hombre, qué sonrisa te ha soltado con el “¡Gemita, buenos días!””. Ella tiene toda la razón:  Quique no solo ofrece el pan por las mañanas, regala pildoritas de Vida en cada una de sus palabras.

Es verdad que cada persona es un mundo, pero hay muchas que consiguen, con una simple sonrisa, endulzar el tuyo.

Me resulta muy bonito parar de vez en cuando y salir de la vorágine de cada día para agradecerle a la Vida la oportunidad de conocer a todas y cada una de las personas que nos presenta. Sé que no todas nos resultan idóneas, que algunas parecen la antítesis de lo que merecemos encontrar, o incluso hay alguna que otra con la que estaríamos encantados de darle a la tecla si nos diesen la opción de “borrar”, pero creo que todas y cada una de ellas están en nuestra Vida porque tenemos cosas que aprender sobre nosotros mismos a través de lo que ellas nos muestran.

Hace poquito la Vida me enseñó que todas y cada una de las veces que tropecé con la misma piedra fueron  fruto de no haber aprendido a retirarla del Camino. Descubrí que quejarme de las heridas que las caídas me producían no era la mejor forma de hacerlas sanar, y Aprendí que, lo que me llevaba a ser capaz de no caer una vez más, era lo aprendido gracias a haberme caído.

Ahora sé que todas y cada una de las personas que han llegado, llegan, y llegarán a mi Vida, me muestran partes de mí misma, y que mi forma de verles revela mucho más de mí que de ellos. Esto me hace verles desde el agradecimiento. Hay veces en las que no me gusta lo que otros hacen y me siento molesta, incluso me llego a enfadar. Otras veces no consigo entender lo que les mueve a actuar de una determinada manera y me siento desconcertada ante algunos acontecimientos, y hay otras en las que me puede la tristeza o el cansancio, pero gracias a ellas, Aprendo de mí.

No creo en las casualidades, todas tienen su causalidad. Las personas llegan cuando tienen que llegar. Tampoco creo en la rutina en la que muchas veces creemos estar: no creo que haya dos días iguales por mucho que los queramos igualar. Nunca se copiaron dos amaneceres, y cada beso regalado tuvo un origen distinto al de todos los que aún están por dar. No es la misma sonrisa la que le ofreces a quien quieres que aquella que tan solo por educación acompaña a tus palabras; puede que sea la misma boca la que la esboza, pero muy distinto el motivo que la provoca. Esto que lees son, tan solo, pequeños matices, pero, para mí, son ellos los encargados de dotar a la Vida de una inmensa gama de color. Matices capaces de convertir miradas en regalos, refranes en motor de carcajadas, y un encuentro en una gasolinera, en un precioso abrigo para el Alma.

Ha sido un placer

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gema Díaz dice:

    El placer es, aquí y ahora, mío… GRACIAS por tu cálida y amorosa LUZ. Un abrazo de primavera!!

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  2. Maribel dice:

    Gracias Gemita 😘🤗😍

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