Yo qué sé

Sé que me gustaría agitar una varita mágica para encontrar respuestas y al mismo tiempo sé que no me servirían de nada. Sé que todo puede que sea que sí y también sé que puede que sea que no. ¿Cómo puede ilusionarme algo que al mismo tiempo me desagrada? No sé contestar a nada…

…o puede que sí aunque no encuentre las palabras.

Me alucina que el miedo ante lo desconocido comience a transformarse en ilusión ante la sorpresa. Me cuesta entenderlo. Hay muchas partes de mí que no comprendo en absoluto pero que están, que me acompañan y habitan conmigo en este mundo en el que todo debe ser comprendido y explicado, dado por sabido. Eso no me favorece, al revés, me golpea para que deje de caminar por el lugar hacia el que me dirijo, el que me lleva hacia lo desconocido. Pero, ¿acaso creo que cualquier otra ruta es mejor? No puedo contestar. No lo sé. Solo sé que quiero caminar por allí porque ese nuevo sendero tiene más que ver conmigo que con lo que se supone de mí, y eso me gusta.

Sentir-me me da calma aunque navegue por tempestad.

Si soy honesta (que no siempre lo soy) me doy cuenta de que a veces me aferro a rutas que me llevan a entender el sufrimiento y a resignarme a él. Y lo hago solo por inercia, porque lo conocido me parece más sencillo. Es mi forma de contarme el cuento. Un cuento en el que hay luchas sin sentido que batallar hasta quedar extasiada ¿para qué? Pues no sé, puede que para nada, pero como son las mías y yo soy la guerrera protagonista, pues me pongo mi armadura y empuño mi espada. Ya está.

Siento compasión de mí misma cuando me veo batallar así y me gusta sentirla porque es la que hace que no quepa la culpa, es la compasión la que le abre la puerta al cambio de perspectiva, a abandonar la lucha porque ya no sienta la necesidad de ganar. Y es que la victoria que defiendo a estacazo limpio muchas veces deja heridas complicadas de sanar o incluso víctimas de un conflicto al que soy incapaz de encontrarle un sentido más allá de mi necesidad de “ser más” que mi ¿rival?

Cuando lucho siempre tengo la necesidad de conseguir mi objetivo, y eso hace que me acerque a él sin la capacidad de mirar a los lados y perdiéndome todo lo que podría aprender por el camino. Me resulta muy curioso descubrirme ahí, en la guerra por inercia, porque sé que no me sirve de nada, al revés, que lo único que me aporta es una falsísima sensación de bienestar y lo confundo con la Paz a la que creo que, luchando, puedo llegar, pero sé que no es verdad, que la Paz que yo anhelo no tiene que ver con vencer a nadie. Puede que tenga mucho más que ver con vencer al miedo que me produce descubrir a la guerrera que empuña armas y se defiende. Ya está, es ganarle la batalla al miedo, y en esa lucha personal no hay sangre ni enfado, no existe la necesidad de salir victoriosa porque no generas guerras que necesites ganar. Tan solo necesitas dejar de creerte al miedo que tú mismo colocaste ahí. Así de simple… y de complicado.

No necesito alcanzar objetivos para Ser, porque ya Soy. Porque Ser no tiene nada que ver con hacer, con batallar o con ganar. Yo no soy lo que hago y tampoco lo que digo, lo que pienso o lo que siento. Todas esas partes de mí se pueden modificar, de hecho, lo hacen cada día. Pero lo que Soy no cambia. Lo único que hago es utilizar las herramientas que voy teniendo disponibles en cada momento: pensamientos, sentimientos, palabras y actos.

Por mucho que crea que “he cambiado”, no es verdad, tan solo lo han hecho mis herramientas. Puede que ahora tenga pico y pala y haya decidido descubrirme y cavar. Me he dado esa oportunidad. He abierto mi mente para verme a través de ella sabiendo que lo que pienso no es lo que soy. No sabría definirme sin utilizar el pensamiento, pero sí que puedo vivirme sin necesidad de él. Y eso me gusta, me invita a que me acerque más a lo que no sé definir, a lo que no cabe en ninguno de los conceptos que conozco.

Sé que mi sistema de pensamiento lucha por defenderse a sí mismo, ni siquiera por defenderme a mí (aunque use mil triquiñuelas para convencerme de que sí). Él trata de que le mantenga como lo único válido, que lo use como un referente, como lo imprescindible. Quiere hacerme creer que, sin él, todo carecerá de sentido. Le aterra ver que me descubro a través de él. Solo el hecho de intuir que pueda dejar de necesitar sus explicaciones, le hace reaccionar atacando. Y cuando ataca, pega duro. Carga sus armas para pelear contra cualquier cambio que yo quiera llevar a cabo, y lo hace con aquello que sabe que me herirá: el miedo.

Mi mente es mía, de nadie más, soy yo la que gestiona todo ese miedo y carga con él las armas y al mismo tiempo le temo ¿No es curioso sentirse así?, ¿cómo puedo defenderme del cambio que busco? ¡Si eso es lo que quiero!

Hay partes de mí que no me gustan y quiero modificar. Unas no tienen mucha importancia y llevan la etiqueta de “a ver si mejoro en esto, que puedo hacerlo mejor” y otras las meto en el cajón de “ay, omá, que esto no me gusta ná. Socorro.”, pero voy bregando por la vida con ambas. Por ahora, no he encontrado una forma más honesta de enfocarlas (y que no siempre me permito) que darme la oportunidad de vivirlas y aprender de ellas, y esto conlleva no luchar para cambiarlas. Puede parecer que no sirve absolutamente para nada, que tiene más sentido luchar contra ellas para que dejen de existir, pero a mí eso me parece agotador.

Viví en formato de lucha muchísimos años de mi vida y puedo dar fe de que te debilita tanto que necesitas crearle una armadura al alma para que nadie sea capaz de llegar y herirte allí. Ya duele bastante que te hieran en la superficie, así que la coges y la dejas a un lado, a salvo, y tú te dedicas a luchar contra todo lo de fuera para protegerla. Vives en la guerra y en la necesidad de ganar para que nadie pueda herir lo que para ti es imprescindible mantener a salvo de otros, pero se te olvida que esa forma de protección de los otros también conlleva que la alejes de ti, que la dejes a un lado por el miedo que te da que la puedan llegar a herir. Es entonces cuando encuentras consuelo ganando guerras y alcanzando victorias, sintiéndola protegida de otros… y también de ti.

¡Qué bonito ha sido descubrir que ella no necesita protección y que soy yo quien decide creer que sí!

La satisfacción de ganar una batalla no tiene nada que ver con la Paz de no necesitarla.

Hoy en día todavía siento que el cuerpo, a veces, “me pide guerra”, lo adorno con que lo que hago no es luchar, sino defender, pero, si me paro a ver qué siento, si soy honesta, sé que echo de menos el regustillo de sentirme “ganadora”. Lo que me encanta de verme así es que siento claramente que salir victoriosa ya no es una necesidad real en mí, que lo enfoco así por inercia, y eso me invita a que deje de pelear, a que me dé la vuelta y recoja aquello que tanto trato de defender porque nunca lo debí apartar de mí, ni siquiera cuando pensé que necesitaba ser defendido. Y cuando lo hago, cuando lo uno a mí, se acaba la guerra.

Nunca existió el enemigo.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Rut dice:

    Brillante! Gracias Gema!

    Me gusta

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