Desaprendiendo

Siempre he querido ser un buen ejemplo para mis hijos. Siempre he buscado lo mejor para ellos. Siempre he sentido su felicidad como un requisito imprescindible para la mía, y siempre he tenido la necesidad de sentirme una buena madre.

Hoy por hoy vivo la maternidad  tratando de representar mi papel matriarcal de la mejor forma posible, pero la verdad es que también me parece interesante replantearme las creencias en las que me apoyo como madre dispuesta a descubrir cuánto de “verdad” encuentro en ellas.

La actitud sucede al pensamiento. Los valores, la moralidad, la experiencia, el miedo o incluso la época en la que vivimos conforman nuestras creencias, y son ellas las que ayudan a crear y filtrar nuestros pensamientos, así que me parece importante mirar hacia ellas para tratar de averiguar su origen.

Soy de las personas que piensa que actúa siempre acorde a lo que toca. Me explico: si me toca ser madre, lo soy. Cuando me toca ser empleada en mi empresa, lo soy. También me adapto a mi papel como esposa, amiga, bloguera, estudiante, hija, vecina, conductora, consumidora, compañera de proyecto, alumna, hermana, cliente, recogedora de paquetería en la puerta de mi casa, ciudadana que se cruza con otros que también ciudadanean, compradora del pan por las mañanas o recogedora de castañas en el pueblo. En fin… que me voy amoldando al traje que visto dependiendo de la versión necesitada.

La persona que representa a estos variopintos personajes es la misma en todos y cada uno de ellos: yo. Soy yo la que da cabida y gestiona las creencias y los miedos de los que te hablaba antes, y también soy la que, dependiendo del personaje que me toque interpretar, decido qué atrezzo es el más adecuado para la obra.

Déjame que te ponga un ejemplo: ¿alguna vez te ha pasado que estás hablando por teléfono muy enfadado con la persona que te ha llamado y, de repente, ves a otra persona a la que sonríes mientras te cruzas con ella y, nada más dejar de verla, vuelves a poner cara de perro? ¿De dónde sale esa sonrisa? Pues de la caja de atrezzo.

En mi papel de madre yo he cambiado la socorrida cajita de recursos teatrales por un baúl parecido al de La Piquer. Es grande, robusto y con infinita capacidad. En él guardo mis propias creencias, las de la sociedad, las de mi familia y amigos, los recuerdos y las culpas sobre lo que yo hice en mi adolescencia y me fue mal, y también los de lo que hicieron otros y les fue aún peor. Allí guardo con secreto temor los miedos ya contemplados e incluso los de futura previsión. Todos ellos tienen cabida, y sé que son ellos los que contonean y dan forma al sentido del primer párrafo de este escrito.

Si soy honesta, no sé qué es ser un buen ejemplo para mis hijos y tampoco sabría definir qué es para ellos lo mejor. Siento la necesidad de ser una buena madre incluso sin saber de verdad qué es lo que significa serlo y sueño con que, algún día, no necesite necesitar su felicidad para sentir la mía.

Hace un tiempo descubrí que, cuando necesitamos que otro sea feliz para nosotros poder serlo, lo que hacemos es cargar la vida de aquel a quien decimos amar con un pesadísimo lastre, pero, en lugar de asumir lo que estamos haciendo, cambiamos nuestro patrón de pensamiento para conseguir que la idea de encargar a alguien la ardua tarea de hacernos felices pase a tener cabida en la etiqueta del “te quiero tanto…”

Me encantaría aprender de la vida lo suficiente como para tener la honestidad de no pedirle  a nadie que me haga feliz. Creo que el Amor se basa en ver al otro en esencia, en desear y confiar en su felicidad sin que medie la necesidad de buscar la propia y en permitirte aceptar que su experiencia pueda no tener nada en común contigo. Creo que desde esa perspectiva cualquier persona se convierte en un regalo y se deja a un lado la posibilidad de encontrar en el otro un títere al que responsabilizar de felicidades o desdichas.

En ese enfoque se encuentra uno de mis más arduos caminos, en el que se forja al avanzar hacia el momento en el que mis hijos ya tengan la edad para volar y aceptar que sean ellos los que batan sus alas en total libertad.

No es algo fácil para mí, sé que hay muchas partes del baúl de La Piquer que se han alimentado a base de creencias ya obsoletas desde el primer instante de encontrarse allí, pero tengo la sensación de que me resultan cómodas para apoyarme en ellas al desempeñar mi papel de madre. Reconozco que me da vértigo plantearme dudar de todas esas creencias heredadas (y también de las creadas por mí) porque si las miro dispuesta a verlas de verdad, corro el riesgo de poderlas cambiar y eso, de primeras, me da grima.

Es muy sencillo para mí explicarme a mí misma y a los demás los motivos que me llevan a creer lo que creo, los puedo razonar perfectamente y soy capaz, incluso, de agitarlos como estandarte propio de cualquier buena madre que se precie, pero también sé que, si me conformo con verlos así, la posibilidad de que mis hijos no carguen con la responsabilidad de hacerme feliz, se convierte en un concepto inabarcable.

Para llegar hasta esa parte de mí en la que se anclan mis creencias, necesito acceder al baúl en el que guardo las maternales sin hacer mucho caso al tembleque que me entra en las piernas por el mero hecho de saberme preparada para actuar. Es entonces cuando siento que es el momento de deshacerme de todas aquellas a las que no encuentro sentido aun sintiendo el desamparo de la razón.

 “ El corazón tiene razones que la razón no entiende”

     Blaise Pascal

He oído muchas veces aquello de que los niños deberían venir con manual de instrucciones. La verdad es que, de primeras, suena francamente bien la idea ¿Te imaginas un botón que poder pulsar para que se meta a la ducha sin que sea necesario repetirlo cinco veces?, ¿no sería estupendo?, ¿te puedes imaginar que pudiésemos utilizar también el de “comer verdura y disfrutarla”, el de “sentirse feliz en el colegio mientras estudia mucho” o el de “no sufrir mal de amores”? Sería lo más parecido a la magia. Ser feliz a golpe de click.

Cuántos quebraderos de cabeza nos evitaríamos con algo así, ¿verdad? Cuánto sufrimiento…

… y qué poquito aprenderíamos de ello.

Aprender no es algo sencillo de llevar a cabo, hay veces en las que supone desaprender conceptos arraigados en nosotros, y eso nos cuesta mucho aceptarlo.

Cuando le abrimos la puerta a la posibilidad de encontrar lo que hay de “verdad” en lo que creemos, nos acercamos a una opción que nos aterra, la de dejar de lado formas y conceptos que nos resultaron útiles en otras ocasiones. Al hacer esto, la sensación de sentirnos “desarmados” nos desorienta y nos produce un miedo intenso. ¿Qué sentido tiene esto? ¿por qué nos sentimos en guerra? ¿de qué tenemos la necesidad de defendernos?

“El miedo más aterrador es aquel que sabe que nace y muere en uno mismo”

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