Odiados maestros

Hasta hace no mucho tiempo tuve un temible compañero de viaje. Uno al que podía aferrarme para convertirme en arma punzante, hiriente, para sentirme meritoria de la victoria ante quienes creía merecedores de lo más mezquino que habita en mí. Más de 20 años me acompañó aquel colega de fechorías que me mecía dulcemente mientras le daba largo recorrido a las olas de ira y rabia que generaba al sentir que mi vida caminaba sin dirección, a la deriva.

Fuimos compañeros durante muchos años. Para mí, tenerle cerquita me empoderaba, me hacía grande. Él comprendía y alimentaba mi ira, mi rabia, mi asco, y cuando esas emociones se desataban, lo hacían con tal fuerza que era capaz de herir a otros profundamente. Cuanto peor se sintiesen ellos, más a gustito me sentía yo. Ojo por ojo y diente por diente.

Odio. Ese era el nombre de mi compañero.

Creo que llegué a odiar por agotamiento personal. Durante muchos años creí necesario que algunas personas cambiasen para conseguir alcanzar la felicidad. No soportaba el dolor que me generaba ver que ellos destrozasen su vida y, de paso, se llevasen puesta la mía y la de quien, con todo el amor del mundo, trataba de ayudarles. Ansiaba sentirme feliz y no paraban de llegar situaciones que me aceleraban el ritmo. Odiaba que sonase el teléfono porque ese simple hecho hacía que se me encogiese el estómago ante lo que me pudiesen contar desde el otro lado de la línea.

Ver de frente a personas dependientes de algunas sustancias es duro. Las ilusiones que generas ante repetidas promesas de cambio se rompen a un ritmo enloquecedor y creo que, poquito a poco, fui cayendo prisionera de una locura oscura, fría. Necesitaba poner límite a toda esa vorágine de conflictos que me rodeaba, pero me sentía una simple víctima de todo aquello, no era capaz de ver una alternativa, me limitaba a sufrir, a enfadarme y a maldecir ante las promesas maltrechas. Así me convertí en una fiel servidora de aquel que me daba cobijo… el odio.

Mi colega de viaje era el amparo perfecto para albergar frustración, miedos, creencias e inseguridades. Un gran espejo en el que mirarme que guardé bajo siete llaves por miedo a todo lo que podía reflejar de mí.

Todas las circunstancias que me rodearon durante esos 20 años de mi vida tenían mucho que mostrarme, pero durante el tiempo que estuve inmersa en la batalla, fui incapaz de reconocer nada positivo en ellas. Me limitaba a detectar carnaza barata para alimentar todo el odio que sentía hacia las personas a las que hacía responsables de mi infelicidad. De hecho, no ha sido hasta varios años después, desde una mente abierta a explorar aunque duela, cuando he comenzado a distinguir las enseñanzas escondidas bajo el fango.

Tenía 14 años cuando la estabilidad que me rodeaba comenzó a tambalearse y traté de camuflarme tras la insumisión propia de la edad para librar mi propia batalla. Lo que vivía conseguía herirme tanto que gritaba a quien creía que podía ponerle solución a ese caos para que tomase cartas en el asunto, que se posicionase, y, por supuesto, lo que buscaba era que lo hiciese a mi favor, dejando de lado a quienes, para mí, llevaban una vida descabalada, tóxica y generadora del conflicto continuo. Esa necesidad mía no se cubrió y convertí mi vida en una réplica reeditada del descontrol que veía en ellos. Aquello me convirtió en mi propio enemigo aunque por aquel entonces fuese incapaz de verlo.

Tras 20 años de idas y venidas, decidí cerrar la puerta definitivamente, y lo hice con tanta mala ostia, con tanto asco, ira, frustración y cansancio que me llevé por delante mucho más que dejar de vivir el conflicto, le corté el paso a la posibilidad de reconocerme gracias a él.

Ahora soy capaz de entender qué partes de mí estaban activadas durante todo ese tiempo. Puedo verme demandando que otras personas viviesen bajo mi criterio de felicidad, teniendo la necesidad de que todos los que me rodeaban llevasen una vida ordenada, regida por los cánones que para mí eran los correctos y, como no lo conseguía, me enfadaba, renegaba de ellos y de mis propias emociones. Era incapaz de aceptarles y creo que tampoco me aceptaba a mí misma. Prefería poner mi foco de atención y mi energía en todo lo que odiaba porque sentirme capaz de hacer cambios en mi vida me aterraba. Era más sencillo culpar a los demás de mi caos que tomar las riendas de mi vida.

Funcionaba a picos emocionales: pasaba del odio a la pena y, sobre esas dos emociones antagónicas, modificaba mis conductas hacia ellos.

Estaba claro que era yo quien tenía que saber qué era lo que quería en mi vida, pero no lo tenía claro. Solo sabía que estaba harta de aquello. En los momentos en los que parecía reinar la tranquilidad, prefería agarrarme a un idealizado fin de la guerra para dejar en stand by la toma de decisiones que sabía tan necesaria, pero cuando el idealizado fin del conflicto se convertía en una tregua extinguida, todas mis tempestades personales volvían a surgir y desde la cresta de la ola me creía el mismísimo Neptuno, arrollando a mi paso a todo aquel que tuviese delante. En esos momentos me empoderaba para actuar y acabar  con la situación, pero lo hacía desde la ira, el asco y el cansancio por zanjar aquello. Todas esas “decisiones” que creí estar tomando nunca me acercaron a la Paz, tan solo acababan con mi necesidad de aligerar una mochila demasiado cargada y, aunque creía siempre haberme salido con la mía, el sabor de mis palabras era asquerosamente agridulce.

Nunca viví sus vidas, tan solo las juzgué.

Durante mucho tiempo tuve miedo de mirarme a través de lo que viví, de aceptar mi vida con la honestidad de reconocer mis emociones, mis miedos y mis inseguridades. Ahora me enfrento a todo eso desde la perspectiva de quien sabe que no soy lo que siento y que todas mis creencias no son más que escudos mentales que uso para sentirme a salvo, y que soltarlos me aterra, solo, si creo estar librando una batalla.

Somos mucho más de lo que hacemos y, si nos centramos en aprender  lo que la vida nos muestra sobre nosotros mismos a través de nuestro entorno y circunstancias, descubriremos nuestro verdadero Ser, aquel que sabe que, aunque nos cueste admitirlo… la grandeza habita, también, tras odiados maestros.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Maribel dice:

    Muy cierto Gema.😘

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  2. Raquel dice:

    En leyendo hoy tu entrada, la cual aplaudo por tu valentía y generosidad al compartirla, es mucho lo que me evoca y devuelve.
    Sabiduría me dicta mi ánimo
    Gracias Gema

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