Profundo silencio

“Al igual que hablar no conlleva decir lo que se piensa, quedarse callado tampoco significa estar en silencio.”

Somos seres pensantes, pensamos incluso cuando tenemos la sensación de que no lo estamos haciendo. De forma continua nuestra mente extrae información del entorno, la analiza, evalúa los pros y los contras, desecha lo que no le sirve y se queda con lo que le parece útil.

Pensamos porque necesitamos darle una explicación a lo que sentimos y, dependiendo del resultado obtenido, amoldamos nuestros comportamientos para que estos tengan sentido también.

A costa del pensamiento sumamos experiencias y fortalecemos creencias.

Nuestra máquina de pensar siempre está preparada para pasar a la acción. Todas sus piezas se encuentran perfectamente engrasadas y equilibradas, los filtros están colocados en el lugar que les corresponde y los rodillos encargados de pulir impurezas giran bien alineados para hacer brillar como se merece al  resultado de nuestros pensamientos.

La mente es una máquina perfecta: pide poco. Nuestra función se limita tan solo a alimentarla a base de momentos vividos. Con nuestras experiencias le damos el combustible necesario para seguir analizando, filtrando, etiquetando, emitiendo juicios y dictando sentencias. Al fin y al cabo, sus funciones son esas y gracias a ese ruidoso y complejo trabajo que realiza, podemos disfrutar de la tranquilidad que nos produce conseguir justificar por qué vivimos y sentimos de la forma que lo hacemos.

A través de la mente buscamos el sentido de nuestra vida.

La necesidad de razonar nos convierte en seres dependientes de nuestra máquina de pensar, e incluso sabiendo que no contamos con todos los datos necesarios para hacer una evaluación “objetiva” de los hechos, preferimos inventarnos la información que nos falta antes que asumir la posibilidad de dejar en blanco el casillero destinado al resultado de nuestros pensamientos.

Piensa en algún momento en el que hayas entrado en un ascensor, hayas dado los buenos días y te hayas dado cuenta de que nadie te los ha devuelto, o recuerda alguna vez en la que te hayan hecho una pirula con el coche. Ahí tienes el ejemplo de dos situaciones muy comunes en las que pisamos el acelerador de nuestra máquina de pensar para pasar de 0 a 100 en menos de un segundo. En momentos como esos carecemos de información más allá de tener claro que lo que hemos vivido nos ha molestado, pero de forma automática nos sentimos capacitados para tener clara la sentencia: “este tío es idiota”. No sabemos nada de lo que le ha llevado a actuar como lo ha hecho, pero el malestar que nos produce la situación hace que nuestra mente inquieta nos exija a gritos una explicación.

Nos pasamos la vida enjuiciando y, dependiendo de nuestro veredicto, escribimos las etiquetas que nos “ayudan” a catalogar al tipo de persona o situación que tenemos delante. Nos apoyamos en ellas para crear expectativas sobre lo que cabe esperar de nuestro entorno e incluso las utilizamos como referentes para sentirnos ubicados dentro de nuestro marco de actuación.

Darme cuenta de que mi cabeza es una de las que trabaja así, me brinda la oportunidad de ver a quien tengo delante más allá de la etiqueta que le he asignado. Para mí ahora es algo lógico: si sé que mi juicio está basado en partes inventadas… ¿qué sentido tiene que le de validez a la sentencia? Esta simple pregunta ya me parece lo suficientemente esclarecedora como para sentirme invitada a mirar a los ojos de la persona que tengo delante antes que al apelativo escrito en su etiqueta.

Ver lo que me rodea más allá de las etiquetas que yo misma escribo le hace un hueco a la honestidad. Se trata de un espacio ligero, ya que a un lado se queda el peso de lo que creo del otro, de las circunstancias y de mí misma. Cuando me sitúo allí, puedo salir de todo el ruido que hace mi máquina de pensar para dedicarme a vivir lo que se encuentra tras el engranaje de mis pensamientos.

La sensación de descubrir el silencio podría compararla a la que siento cuando estoy en el trabajo y, de repente, se apagan los motores de la climatización. Gracias al relax que me produce ese momento de silencio, soy capaz de darme cuenta del ruido que me ha acompañado durante horas aunque a lo largo del día no haya sido consciente de él.

Nuestra mente actúa de una forma parecida: estamos tan acostumbrados al ruido de sus motores, que no solemos darnos cuenta de que lo sufrimos hasta que, por la razón que sea, descubrimos que el silencio es una opción posible.

La primera vez que estuve en completo silencio fue hace cuatro años y medio. La situación que viví invitaba a la tristeza y al dolor, pero durante el rato en el que se pararon mis motores de pensar y razonar, no sentí nada de eso…

La Yaya llevaba enferma bastante tiempo, el dolor se había convertido en una constante para ella y la sedaron para hacer más fácil su partida. Todos sabíamos lo que pronto ocurriría y acudimos allí para acompañarla en el proceso. Durante dos días permanecí pegada a su cama. Inclinaba la mitad de mi cuerpo dejándolo caer a su lado y le acariciaba el pelo mientras le susurraba canciones al oído. Recuerdo esos momentos con una dulzura especial. Sentí perfectamente cuándo mi Yayita del alma dejó de respirar y, aunque la habitación estaba llena de gente, no les dije nada. Me limité a vivir el momento, a dejarme envolver por la enorme paz que sentía. Nunca antes había sentido a Caridad con tanta intensidad como en el momento de su muerte. No sé el tiempo que permanecí en silencio, pero recuerdo el momento en el que salí de él y compartí con la familia su fallecimiento, ahí aparecieron las lágrimas que en el momento anterior no tuvieron cabida.

La siguiente vez que viví en silencio fue mientras esperaba a que se abrieran las puertas del ascensor que me bajaba al quirófano en el que me operarían del aneurisma cerebral. Mientras esperaba sentí esa misma calma que me arropó cuando falleció la Yaya. Sabía que había muchas posibilidades de que ese fuese el último momento en el que viese a mi familia, pero la pena o el miedo no tenían cabida en aquel lugar. Allí tan solo había silencio.

Esas dos han sido las únicas veces en las que he sentido un absoluto silencio. Hoy por hoy no sé si alguna vez más conseguiré apagar los motores en su totalidad, pero lo que sí que sé es qué encontraré siempre que decida ir más allá del ruido de mis pensamientos…

PROFUNDO SILENCIO

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mayte. dice:

    Que difíciles son esos momentos y qué necesario es escuchar a nuestra mente cuando te pide a gritos un momento de pausa , un momento para dejar de pensar , un momento de silencio donde no hay ni alegría ni penas sólo…silencio.
    Una vez más Gemi hhiciste que el “ratito” de los domingos para leer tu blog sea mi momento de la semana , mi momento de tranquilidad.
    Gracias !!!
    Muchísimos besos.

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  2. Mariví dice:

    El silencio buscado para mí es indispensable para vivir. Desde luego que incomparable al descrito en tus dos experiencias tan fuertes pero sí un silencio provocado, utilizando las herramientas que cada uno tenga para llegar a él y que te obligue a abstraerte por momentos.
    Besos Gema. Me encantó.

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