Me lo prometo

“Una Promesa es un Compromiso para la acción.”

Esta semana he estado estudiando las distintas fases de la promesa, los conceptos que engloba, los pasos a completar para darla por finalizada y todos los componentes emocionales que nos influyen a la hora de relacionarnos con ella. Me ha parecido francamente interesante, nunca le había prestado tanta atención al desarrollo conceptual de la promesa, algo que manejo con frecuencia y que daba por sabido.

El ciclo de la promesa se inicia en el momento en el que un proveedor se declara competente para realizar un servicio a un cliente bajo un formato y plazo determinados, y finaliza en el momento en el que el cliente manifiesta su satisfacción con el resultado obtenido. Hasta aquí… la teoría que todos sabemos, ahora solo nos queda ponerla en práctica, y ahí es donde podemos sacar mucha, pero que mucha miga, y más aún si nos paramos a descubrir-nos en la Promesa.

En el capítulo que he estado estudiando, también se habla de la dificultad que nos supone muchas veces cumplir con lo prometido, se exponen las dificultades que se plantean ante los imprevistos de última hora y sobre lo difícil que nos resulta, en ocasiones, asumir la responsabilidad de nuestro incumplimiento. Se plantea la condición de impecabilidad como algo inherente a la promesa, al compromiso entre proveedor y cliente, y también como requisito imprescindible para crear una relación basada en la confianza.

Durante todo el texto se menciona, como mínimo, a dos “usuarios” de la promesa: el que la declara y el que la recibe, siendo ambos personas distintas.

Cuando comencé a leer sobre este curioso y prometedor mundo de generar confianza a través de una declaración de intenciones, me di cuenta de que los mismos conceptos y análisis que se empleaban para evaluar y categorizar la relación que unía a dos personas a través de la promesa, servía también en los casos en los que ambos usuarios (quien la realiza y quien la recibe) fuesen la misma persona. Es decir, cuando nos prometemos algo a nosotros mismos.

Los resultados de las promesas que realizamos para otras personas forjan la base en la que se apoya la confianza que nuestro entorno tiene en nosotros, y eso es algo que todos tratamos de salvaguardar, pero hay otro tipo de resultados para crear confianza: los que obtenemos de las promesas a nosotros mismos, que también generan confianza, sí, pero esa Confianza es de las que despierta también ilusiones ante lo que nos vemos capaces de alcanzar si, de verdad, nos comprometiésemos a ello.

Yo soy de las que no siempre cumplen con sus auto-promesas. ¿Te suena eso de “este lunes, al final, me ha sido imposible, pero el que viene, sí o sí, me pongo con ello”? Pues a ese tipo de “promesas” es al que me refiero.

En el texto del que te hablo, escrito por Miriam Ortiz de Zárate, se estructura a la perfección el ciclo de la promesa, se desglosan cada una de sus etapas y se hace referencia a la importancia de ser honesto en todas y cada una de ellas para generar una relación de confianza entre los implicados y conseguir alcanzar lo prometido.

En mi caso, cada vez que me “prometo” eso de “el lunes que viene fijo que empiezo”, intento confiar en lo que digo, incluso parece que me lo llego a creer cuando lo pienso, pero, si analizo honestamente mi “promesa”, veo que no cumple casi ninguno de los “requisitos” para adquirir tal categoría.

No digo que eso de flojear en las auto-promesas esté mal y haya que fustigarse por ello, tan solo digo que, para mí, es una forma más cómoda de “hacer como que sí, aunque sepa que es que no”. Es un modo como otro cualquiera de acallar esa parte de mí que pide a gritos ser modificada, pero a la que prefiero mal alimentar a base de falsas esperanzas porque mientras mastica, se calla.

“Quien no se mete en el fango, no se mancha con él”

Fácil y sencillo… ni se mancha de fango, ni sabe lo que puede esconderse tras él. Y tampoco su profundidad. Ni para qué se generó. Ni por quién….

Si te niegas la oportunidad de pisar el barro que oculta “lo peor de ti” también te niegas la de aprender lo mucho que tiene para mostrarte. No es cuestión de crear partes inventadas, es más bien aceptar a las que ya están y permitirte atravesarlas aunque eso conlleve manchar tu “pulcrísima” bata blanca, esa que te viste pero no te es. La que tú quieres ver y con la que quieres que te vean los demás también.

Estar acostumbrado a vivir “haciendo como que no están” nuestras sombras, no conlleva que desaparezcan, al revés, las hace más fuertes porque las sentimos superiores a nuestra propia capacidad de actuación. Las vemos como un peligro inasumible, tanto por lo que nos imaginamos descubrir sobre nosotros, como por lo durísimo que imaginamos el camino hasta conseguir ¿vencerlas? ¿podríamos calificar así nuestra necesidad? ¿como la de necesitar vencernos a nosotros mismos? Para mí tiene sentido.

Yo siento miedo hacia mi fango personal solo cuando lo afronto como un rival al que no sé cómo ganar y que necesito que desaparezca. Él, por sí mismo, no lucha contra nadie, solo es una parte de mí, de algo mucho más grande, pero yo necesito verle como al enemigo, así tengo la excusa perfecta para negarme a luchar, para no situarme a su lado y abrirme a descubrir-le/me. Con el enemigo no se hace eso, él está para atacarle a degüello y conseguir que desaparezca. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Ser consciente de que aniquilar partes de mí es imposible, me resultó agotador y frustrante al principio y profundamente liberador después. El enemigo nunca existió, jamás estuvo en mí. Tan solo fue mi forma de nombrar las partes que no me gustaban, ya está. No es necesario luchar contra nada, y eso es difícil de asumir porque nos cuesta creer que podremos sumergirnos en nuestro fango sin ahogarnos en él.

El miedo nos acompañará cada vez que nos decidamos a hacerlo, pero te aseguro que no es tan fiero el león como lo pintan, y menos aún, cuando te das cuenta de que tú eres que le teme y huye de él y también el que diseña sus trazos y le da autenticidad a su falsa fiereza.

Para mí no fue sencillo darme cuenta de que podía bucear en las partes más fangosas de mí: la primera vez creí morir, pero después de auto-concederme el permiso para continuar, fui descubriendo que mis pulmones se adaptan perfectamente a cualquier profundidad que yo esté dispuesta a alcanzar. Tan solo tengo que Comprometerme a hacerlo, y en ese tipo de Compromiso es en el que se basa la definición con la que comienza esta entrada:

“Una Promesa es un Compromiso para la acción”

Para mí, permitirme vivir dispuesta a hacerlo es mi gran Promesa y en ella he puesto mi Compromiso. Es cierto que en Ella no se cumplen muchos de los “requisitos” para denominarla como tal: no están negociados los términos de ejecución ni los plazos de entrega, pero tiene una dulcísima cualidad: tampoco los necesita. Es tan solo una forma de permitirme entender la Vida en el único momento en el que está… EN ÉSTE.

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