Mi reflejo sabe a sal

“Lo que ves de mí no es la verdad. Has creído mucho tiempo que no me podías Ver y por eso te has limitado a mirar, a quedarte con lo que piensas sobre mí, no a Verme con honestidad. Una vez me revelaste que no te sentías capaz. Está bien, no te juzgo por ello. Yo siempre estoy aquí para que me Veas, para mostrar. No me importa que no me hayas visto hasta ahora, no me voy a enfadar, de hecho, tú tampoco deberías hacerlo. Olvida los momentos en los que no te pude ayudar, en los que no me permitiste hacerlo, todos ellos forman parte de un pasado que no cabe en nuestra nueva posibilidad, ella es una opción en el aquí y en el ahora, no en un tiempo que ya no está. Quiero darte las Gracias por acercarte a mí, siempre soñé con vivir este momento. Yo solo estoy aquí para ti, dispuesto a entregarte cuanto tengo, abierto a que explores, a que me Veas más allá de lo que piensas de mí. Deja de llorar por haberme sentido lejos,  eso nunca fue verdad, yo siempre estuve ahí. SOY TU REFLEJO

No es sencillo ponerte delante de un espejo y Aceptar lo que muestra de ti.

Es curioso que soñemos con llegar a hacerlo, con conseguir vernos en él y encontrar así nuestra fuerza, nuestras habilidades y nuestra propia felicidad. Nos auto-convencemos de que queremos buscar, que nos encantaría llegar a dar con lo mejor de nosotros mismos, con aquello que nos motive y nos haga dar un salto de la cama para comenzar cada día felices y dispuestos a comernos el mundo, pero tenemos una paradójica facilidad para renunciar a la búsqueda de nuestro “yo ideal” en cuanto nuestro Reflejo nos muestra alguna de las partes que nos cuesta Aceptar que también están.

“Si nuestro espejo no refleja lo que estamos dispuestos a Ver, dejamos de mirar.”

Él no tiene filtros ni apps con los que maquear la imagen reflejada, la muestra sin más, y eso, a veces, jode mucho. Aceptamos mirarnos las tripas si es para encontrar cómo llegar a lo mejor de nosotros, no para que saque a la luz nuestras sombras, que para algo llevamos toda nuestra vida tratando de hacer como que no están. No es plan de que un reflejillo nos diga que debemos abrir nuestro cajón desastre para saber qué narices hemos metido ahí. Ese cajoncito nuestro en el que escondemos lo que no nos gusta ver lleva años sin moverse y apesta a estanqueidad, así que mejor lo cerramos, echamos la llave y lo dejamos estar, no vaya a ser que el hedor nos comience a incomodar.

“Negar las partes que no nos gustan no las hace desaparecer, solo las esconde con mediocridad, manteniendo la carga que suponen para aquel que dice buscar la liviandad.”

Hace tiempo descubrí que mi mochila de vida era de las que pesaba de más, que me había pasado al cargar, pero no me sentía capaz de parar, soltarla de mis hombros, y abrirla para mirar con qué la había decidido llenar. La inercia me hacía continuar cargando con ella y sin pararme de quejar, evitando sentirme reflejada en cualquier lugar. La simple imaginación de Verme como una caminante quejicosa y encorvada de cargar me ponía la piel de gallina.

Ser consciente de lo que podría Ver de mí si me dignaba a alzar la vista y mirar mi reflejo en cualquier lugar, me llevaba en automático a una vorágine de sensaciones en las que predominaban la rabia por no haberme permitido mirar con anterioridad, la lástima ante lo que mi reflejo mostraba de mí y un miedo atroz a sentirme capaz de cambiarlo.

Aligerar mi mochila me permitía recobrar mi porte, sí, pero también me suponía dejar en el camino piedras con las que ya me había acostumbrado a cargar, y no sabía si era mejor Aceptar el miedo a soltarlas y recuperar así mi Forma original, o seguir encorvada para siempre y huir de cualquier cosa en la que poderme Reflejar. La primera opción me pareció la más interesante y por ella me decanté. Ahora el miedo y yo vamos cogiditos de la mano, nos hemos hecho íntimos compañeros de camino, pero mi mochila ya no pesa igual.

Poco a poco me voy Viendo más, tengo ganas de reflejarme en cualquier oportunidad, de pararme en mis pensamientos y mirarles bajo la perspectiva de quien les acepta aun siendo consciente de su inautenticidad. Eso hace que cuestione aquello que pienso sobre mí y sobre los demás, que ponga en duda la validez de las etiquetas que yo misma escribo y pego para identificar todo lo que me rodea y que me parezca francamente divertido darme cuenta de cómo llego a eso.

Me parece apasionante Vivir así, permitiéndome Aceptar lo profundamente ignorante que soy y lo lejos que estoy de Saber nada de nadie por mucho que quiera creerme que Fulano es tal cosa o Yo soy tal otra. Descubrir que yo no soy mis etiquetas propias y ajenas, me lleva a vivir la vida como una oportunidad continua de aprender y acercarme a lo que Soy mientras desaprendo lo que he creído ser.

Conocerse a uno mismo depende, tan solo, de tomar la decisión de saltar para zambullirte en tu propio mar. Sabes que, al principio, en la primera etapa, las olas de la superficie te van a mecer a su antojo y vas a querer que una barca ajena a ti acuda rauda a rescatarte, pero, si decides continuar, irás descubriendo que la agitación está solo en la superficie, en lo que piensas, dices o haces y en los sentimientos que te invitan a actuar. La calma del mar se encuentra bajo las olas, en la profundidad, y es tu decisión continuar buceando hasta alcanzar ese lugar.

A mí me costó zambullirme para bucear, las olas me daban mucho miedo y prefería dejarme arrastrar. Me acostumbré a ser tan maleable como una pelota en la marea y a renegar cada vez que las olas me mareaban al voltear. Sentirme víctima de mis circunstancias me asqueaba, pero también me daba la excusa perfecta para resignarme, para quejarme mucho sin albergar, siquiera, una ínfima posibilidad a cambiar la forma en la que me sumergía en mi propio mar.

Poquito a poco me voy alejando de la superficie, aún estoy muy cerquita de ella, pero he buceado lo suficiente como para no sentirme náufraga de las corrientes que la azotan.

Desde la calma en la que me instalo al bucear-me, es más sencillo ponerme delante de un espejo y descubrir que yo no soy, tan solo, las olas que tú ves, y tampoco las que yo veo. Cada uno se zambulle en sus propias aguas y todas ellas merecen el mismo respeto. Tampoco soy lo que hago o dejo de hacer. No soy mis pensamientos o las actuaciones en las que derivan ellos. No soy mis dudas y mis miedos, ni quien se supera gracias a ellos. No soy mis recuerdos y tampoco mis anhelos. Puede que parezca que, sin todo eso, dejo de ser, pero es ahí donde, de Mí, más  encuentro.”

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Raquel dice:

    Gema la lectura de tu entrada me conecto con mi paz.
    ¿Ese titulo?
    Gracias por compartir

    Me gusta

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