No hay paciencia sin reloj

Permíteme que comience esta entrada haciendo mención a Juan, el compositor de una hermosa canción de la que extraigo el título de este post. Una persona a la que no siempre supe Ver y que, a día de hoy, sujeta uno de los espejos en los que reflejarme. 

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El ser humano necesita unidades de medida. Estamos acostumbrados a guiarnos por ellas, a utilizarlas como herramientas para evaluar lo que nos rodea y así conseguir gestionarnos mejor. El reloj es una de ellas. Mide el tiempo y nos sirve para situarnos. Gracias a esa medición nos orientamos en la línea del tiempo y tenemos la percepción del ayer, del mañana y del hoy.

Esta forma de percibir el tiempo me parece peculiar porque nos permite manejarle con suma facilidad. Nos acostumbramos a convivir cada día con los recuerdos del pasado y a gestionar nuestro mañana confiando en que llegará. Traemos tiempos ausentes al único momento que se nos da.

Cuando yo funciono así suelo creerme lo que pienso. Y al hacerlo, doy por válidos los recuerdos inferidos de lo que viví y también las dudas y los miedos ante un futuro incierto. Sin embargo, cuando tomo conciencia de ellos –de mis pensamientos-, y les miro con honestidad, descubro que, igual que el tiempo no es más que una referencia para darle cabida en mi presente a momentos que ya pasaron o que no sé si llegarán, tampoco los pensamientos que genero sobre esos tiempos imaginarios tienen la categoría de “real”. Si están conmigo es porque yo los creo y, además, los doy por buenos.

Nuestra mente siempre busca que nos sintamos ubicados, y para ello toma como referencia un futuro que no existe y un pasado que ya no está. La mente intenta que no Veamos nuestro presente de una forma natural. Ella necesita tomar datos de lo que vivimos en el pasado y filtrarlo a través de nuestros intereses y miedos ante el futuro, así consigue colocar la etiqueta que “define y explica” lo que vivimos. Si mirase tan solo a nuestro presente, la mente no encontraría referencias ni juicios de valor de los que nutrirse. Esa posibilidad la contempla como un salto al vacío y siente pavor, así que activa todos nuestros mecanismos de defensa para conseguir que vuelvan a nosotros los recuerdos y los miedos que nos alejan de la posibilidad de disfrutar y Vivir plenamente del único momento que se nos está dando… ÉSTE

La mente se niega a creer que lo que nosotros vivimos en el pasado pueda ser, tan solo, nuestra interpretación de lo ocurrido. Para ella eso es una locura porque nos quita la posibilidad de arrojar sobre otros -o sobre las circunstancias- la culpa o la responsabilidad de lo que sentimos. La mente nos anima siempre a creer que nuestra interpretación no es tal cosa, ella prefiere catalogarla como HECHOS. Ella no entra a valorar que esa creencia tan arraigada nos provoque sufrimiento. Eso tan solo lo contempla como un daño colateral y lo admite sin más. Para ella lo más importante es mantenernos a salvo a base de ponernos delante monstruos vestidos de recuerdos y de imaginación. Ésa es su misión. Una misión centrada en convencernos de que necesitamos conceptualizar nuestras experiencias de vida. Es su forma de colocar la necesidad de entender lo que sucede por encima de la posibilidad Experimentar la Vida.

A ninguno nos gusta sentir cosas parecidas al dolor, la pena, el miedo, o el resentimiento. Nos parecen ajenas a la “felicidad” que decimos buscar y tendemos a huir de ellas aunque las sintamos muy, pero que muy adentro. No nos abrimos a experimentarlas, a Aceptarlas y a Ver con honestidad cuánto de nosotros reflejan. Puede que, si lo hiciésemos, descubriésemos que nuestra “realidad” no es nada más que una forma de interpretar la Vida, y esa, es una opción que nos aterra. ¡Bah! Mejor seguimos como estamos, que, total, ya estamos acostumbrados.

Ayer estuve hablando con unos compañeros sobre la muerte y otro tipo de hechos que ocurren y que nos hacen sufrir. La conversación surgió a partir de las imágenes que nos estamos acostumbrando a ver en la televisión de forma habitual y que nos revuelven las tripas en el momento que las tenemos delante. Eso nos llevó a hablar sobre la “facilidad” que tenemos para continuar con nuestras vidas en cuanto se acaba el informativo de turno.

Al meternos un poquito en el tema, volví a ver muy claramente que no es la muerte o la barbarie lo que nos hace sufrir, sino la interpretación que hacemos de ellas. Si fuesen los hechos los que tienen la capacidad de hacernos sentir como nos sentimos, todos sentiríamos por igual. Si la mala es la muerte, por ejemplo, no habría distinción entre si quien muere es un ser querido o no y tampoco la entenderíamos de forma distinta dependiendo de nuestra cultura o religión. Sin embargo, nuestra realidad es bien distinta por el simple hecho de que no se basa en ella, sino en nuestra forma de verla.

No digo que cambiemos nuestra forma de sentir o de pensar. De hecho, no lo pretendo. Mi idea no es la de que nadie se crea como una realidad las opciones que muestro. Tan solo invito a contemplar la posibilidad de que cada uno se permita un espacio en el que mirar hacia adentro para Verse -con mayúscula- a través de lo que piensa y de lo que siente sin esperar a nada más que a lo que ya tiene. La oportunidad de Vivir está Aquí y Ahora, así que ÉSTE es el momento Perfecto. Es el único que está. No tengas pena por no habértelo permitido antes ni temor ante lo que no sabes si vendrá. Esas emociones se basan en pensamientos sobre tiempos que no están y con los que no podemos contar. No conviertas tus interpretaciones en hechos, ábrete a considerar tu forma de entender la vida como una mera opción más. El pensamiento tiene guía, pero no es universal. La única verdad común a todos es la La Vida.

“Hoy me permito sentir lo que siento, Acepto cada momento y mi propia percepción. Me abro a Re-descubrirme en mis desencuentros y en cada emoción. Me sitúo en la Vida y no en el tiempo con el que mido su duración.Reflejándome en todo lo que me rodea me descubro yo. Ya no tengo la necesidad de ser paciente. No necesito reloj.”

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Juan Vallecillo dice:

    El tema tiene miga, es de una profundidad tremenda, pero lo explicas de tal manera que, cuando nos metemos en el agua, nos damos cuenta de que no es tan turbia, podemos alcanzar a ver la orilla y hacemos pie. Gracias.
    PD: la reflexión final hay que enmarcarla

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  2. ines dice:

    Tienes toda la razón, muy buena reflexión, un beso Gemma

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