Dejar de luchar no significa rendirse

¡Qué jodido es sufrir!, ¡qué ganas de dejar de hacerlo!

Vivir sufriendo desgasta la ilusión, agota el ánimo y envilece el pensamiento y la opinión. Sufrir hace que nos sintamos pequeños en nuestra propia Vida, nos achica a la hora de experimentar cada uno de nuestros días.

Sufrir es algo muy jodido, lo sé por experiencia. Durante muchos años pensé que la Vida incluía al sufrimiento, que era una parte inevitable de ella. ¡Cuántas noches en vela buscando acabar con él!, ¡cuántos cabreos llenos de gritos, de asco y de profundo resentimiento hacia todo y todos a los que veía responsables de él! ¡cuántas visitas al médico para conseguir la medicación que me permitiese dormir y también la que consiguiese levantarme por la mañana!, ¡cuánta lástima hacia mí misma y cuánto rencor hacia los demás! Cuánto rechazo sentí, y cuánto, cuantísimo, Aprendí…

Sufrir supone estar un nivel por encima del dolor; le suma a éste la resignación a la situación que nos hiere. De ahí la famosa frase de Buda: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”.

Sé que muchos de los que leáis esto pensaréis “sí, claro, yo sufro lo que sufro porque quiero… pues va a ser que no”. Si tú eres uno de los que piensan así, déjame que te dé la bienvenida a lo que yo llamo el “Clan de los resignaos”. Un grupito formado por infinidad de personas que, creyendo que el sufrimiento forma parte de la Vida, se convierten en resignados supervivientes ante tanta perrería. Creo que sería justo admitir que fui yo quien fundó este resignado Clan y que, durante muchísimos años, fui una de sus más firmes defensoras. Si hoy descubres que tú también eres parte de él, no te agobies, te vas a sentir mucho más acompañado de lo que crees. No es un lugar inhóspito en el que habitar, ¡al revés! Aquí vas a encontrar muchísima gente con la que poder charlar. Un montonazo de personas que te van a animar para que continúes, que te convencerán de que lo que te pasa es lo normal “estando las cosas como están” y que te animarán a quejarte mucho entre bambalinas pero, eso sí, cuando salgas al escenario de la Vida y alguien te pregunte ¿qué tal estás?, tú le sueltes un “Bueno, no voy mal, no me puedo quejar”.

Al final va a ser verdad que saber que “el nuestro” es un mal que muchos comparten, nos ofrece un resignado consuelo.

 Desde mi experiencia puedo decir que sufrir genera resentimiento. Comienzas a ver a ciertas personas o a determinadas circunstancias de tu Vida como los generadores de un dolor que desgarra y, mientras tanto, tú te vas haciendo pequeño, quedando a merced de aquello que te amilana. Sentirte resentido es asumir que eres la víctima de aquel que te hace sentirlo. Es resignarte a que son los demás los que mandan. El resentimiento nace de tu dolor, del enfado hacia el daño que te generan los demás o las circunstancias, y crea en ti la necesidad de que aquel a quien haces responsable de tu sufrimiento pague por todo el daño que te hace ¿Te suena familiar?

No es fácil Aceptar que somos los Responsables de nuestra forma de vivir la Vida. No resulta sencillo asumir que no son los hechos los que nos hieren, sino nuestra forma de vivirlos. Es mucho más sencillo buscar culpables fuera que asumir la Responsabilidad de pensar y sentir como pensamos y sentimos.

Incluso aunque lo estemos pasando fatal, nos negamos a abrirnos a la posibilidad de que nuestro sufrimiento sea opcional, preferimos aferrarnos a que no nos queda otra que aguantar. Haz la prueba si quieres… vuelve a leer las dos frases que están en negrita y presta atención a lo que piensas…  ¿qué te cuentas? ¿te abres a asumir tu Responsabilidad o te niegas la oportunidad de hacerlo? La mente, de primeras, prefiere contarte que eso es imposible, que tú no eres capaz, que se trata de utopías que poco o nada tienen que ver contigo, que aquellos que lo consiguieron poseían algo que tú no tienes o que sus problemas no eran tan grandes como los tuyos. Nuestra mente huye de ampliar sus límites porque no puede ejercer dominio ni control sobre aquello que aún desconoce y prefiere sucumbir a los encantos de la inanimada frase “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, pero la buena noticia es que tú no tienes por qué guiarte por lo que ella te diga. Ella se ampara en el miedo que siente y en su necesidad de control, y tú no tienes por qué quedarte paralizado ante eso. El miedo no tiene el poder de bloquearte, eres tú quien se lo otorga, eres tú quien decide hacerle tan grande que parezca el mismísimo King Kong. Tú no eres lo que piensas, eres quien lo piensa, y el contenido jamás puede ser más grande que quien lo contiene. Piensa en ello, date la oportunidad de hacerlo, Cree en ti más que en tus miedos. Eso sí, no les rechaces, dales la mano porque ellos siempre serán compañeros de Camino, por mucho que les niegues no van a dejar de estar, al revés, tratarán de hacerse más fuertes. Sin embargo, cuando les Aceptas descubres que no son tan fieros como pretendían aparentar.

La Vida no está hecha para lucharla, está hecha para Vivirla. Son tus creencias las que alimentan al guerrero que llevas dentro, es tu forma de interpretarte la que te hace verte como te ves. Tú no eres lo que crees, eres mucho más que eso, tan solo tienes que permitirte mirarte con la suficiente honestidad como para descubrirte más allá de tus pensamientos. En ese lugar se encuentra nuestro Origen. Mirando hacia adentro conectamos con nuestro Ser, del que nace y se nutre nuestro lado Humano y conseguimos Aceptar cada parte de nosotros mismos y, por ende, también las de los demás.

Yo soy de las que piensan que dejar de luchar no significa rendirse, y tampoco resignarse es el sinónimo de Aceptación.

Luchar conlleva buscar el daño o el exterminio de alguien o algo que consideras por considerarlo el enemigo. Es un “o tú o yo”.

Creo que vivir en la lucha es la forma más esclava de rendición. Es supeditar la felicidad de tu Vida a lo que hacen otros, es enfocar tu energía en pelear en lugar de emplearla en exprimir al máximo cada uno de tus días. Es dejar a un lado la oportunidad de pararte delante de lo que te hiere, descubrirte a través de tus heridas y, desde dentro, conseguirlas sanar. Es alejarte de la posibilidad de aprender a poner límites y de creerte capaz de sentirte lo suficientemente fuerte como para saber que no es necesario luchar porque puedes quitarle a lo que te hiere la capacidad de hacerlo. Es, en definitiva, resignarte a entender cada amanecer como el preludio de una nueva batalla en lugar de como una preciosa oportunidad de Vivir la Vida.

Dale permiso a tu guerrero interno para que deponga las armas y deje de luchar, al fin y al cabo, la mayor expresión de Paz es la que nace del Encuentro contigo mismo.

Dejar de luchar no significa rendirse

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gema Díaz dice:

    Te leo… y sonrío. Con la boca, con los ojos, con el ALMA.
    Y me viene a la cabeza el proceso que trabajamos en los talleres de IE: COMPRENDER, ACEPTAR y PERDONAR. Es tan complicado ACEPTAR sin COMPRENDER… Sólo puede hacerse desde el AMOR, cuando no necesitas entender con tu hemisferio izquierdo, cuando te basta con el saber del derecho…
    ACEPTAR… COMPRENDER… AMAR…
    ¡¡Cuánto trabajo por delante!!
    Beeeeeeeeso enorme

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